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Anónimo
Anónimo preguntado en Educación y formaciónAyuda con los Estudios · hace 1 década

¿Como seria esta tarea?

Holas me pidieron de tarea un cuento latinoamericano y que analize las caracteristicas del cuento, alguien tiene algun ejemplo?

Muchas gracias lo ocupa para una tarea sumamente importante.

De ante mano mucas gracias a todos.

4 respuestas

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    "El Temporal (Cuentos de Angustias y Paisajes)

    "

    Escritor: Carlos Salazar Herrera

    Fecha en que se Escribió en 1947

    Resumen del Cuento y Análisis

    Trata sobre un hombre llamado Pacho, un campesino que habita en un rancho en medio de la selva. Se describe la vegetación y los ruidos que caracterizan el lugar (“Alrededor, crecen los cedros machos...y los palmitos...”, “...Un grito de congo; mil ruidos que no se sabe de dónde vienen”).

    En el momento en que inicia el temporal el hombre, que se describe como callado, se encontraba dentro de su rancho. La pasaba con pereza y aburrido, se menciona también que tenía una yegua blanca, era lo único que amaba aunque tenía esposa (“Aquella jaca era su único cariño”, “... Pacho...tenía también mujer”).

    Se describe el panorama desde el rancho de Pacho (“Se ve del rancho, a trescientos pasos, el despeñadero del Reventazón; casi al frente el río Siquirres, y muy lejana, desde el combo trasero, la raya azul del Caribe”).

    El hombre se dirigía a Siquirres a negociar el carbón, iban solos los dos (“El hombre y la bestia eran una sola cosa”). El temporal había empezado, era constante la lluvia (“...el temporal con necedad de chicharra”). La lluvia hacía estragos, inundaciones, la vegetación se dañaba (“...daban saltos los desaguaderos. Los árboles se gibaron y tembló de miedo el rancho. ¡El temporal!”).

    Pacho estaba cansado de la lluvia, cansado de oír llover (“El temporal se le estaba metiendo en todas las ramificaciones de los nervios”). De un momento a otro salió del rancho junto a su inseparable yegua sin despedirse, la mujer los vio partir.

    El campesino y la bestia entraron en la selva, llovía sin piedad y el viento azotaba en toda la montaña. Pacho iba en busca de José, un hombre que le debía dinero de la última entrega de carbón. Cruzó un río muy crecido (“los dos respiraban con las narices hinchadas y los pescuezos estirados en alto”). En eso vio que sus sembradíos se habían perdido y recordó que José ya le había pagado.

    “¡Maldito temporal!...” La corriente los arrastraba con mucha fuerza, la yegua no logró llegar a la otra orilla (“La vio golpeándose contra las piedras y los árboles orilleros, envuelta en un remolino del codo...y no la vio más”).

    Pacho lamentaba la pérdida de su animal (“¡Pobre yegüita mía!...¡Cuatro partos!”) y se quejaba de la incapacidad de su esposa de darle hijos (“En cambio mi mujer...¿Para qué vivir sin mi yegüita?...”) , tal vez esa era la razón de su descontento y de su alejamiento sentimental con ella. Entonces, se soltó de la rama que lo mantenía con vida y se dejó llevar por las aguas azotadas.

    “¡Maldito temporal...que le había mojado el sistema nervioso!...”, había perdido la cordura y no resistió más su triste vida.

    Este escritor nació en San José, Costa Rica en 1906

    Espero haber ayudado..

    Fuente(s): **AGS**
  • hace 1 década

    Cuentos de la Selva

    De Horacio Quiroga

    Tomando como base cuatro famosísimos “cuentos de la selva” de Horacio Quiroga: “La tortuga gigante”, “El baile de los flamencos”, “La abeja haragana” y “El paso del Yabebirí”, LIBERTABLAS elabora una gran producción tan llena de colores, matrices y vida como la selva misma.

    La amistad, el valor, la resistencia y la solidaridad son solo algunos de los valores exaltados por el texto original que, de la mano de actores, títeres de las más variadas técnicas, una música omnipresente y una escenografía sorprendente, llenan el escenario creciendo como los matorrales al borde de los ríos, transportándonos al mundo natural en el que los animales actúan como humanos y los humanos se acercan al universo animal para reconocerse en él.

    Horacio Quiroga escribió estos cuentos con profundo conocimiento del mundo que describía pero también del público infantil al que se dirigía. Estas historias fueron contadas por Quiroga a sus hijas antes de ser un libro y, por lo tanto, contienen la crudeza de la naturaleza y también el amor por la infancia a la que están destinados.

    La epopeya de la tortuga gigante ayudando a su hombre amigo, las enseñanzas acerca de la solidaridad del trabajo honesto (casi de moraleja) que nos deja la abeja haragana, el aspecto de leyenda (la explicación por medio de una historia de un evento natural) del delirante y divertido baile de los flamencos, y la potencia y la acción de las rayas del paso del Yabebirí, componen un mosaico de gran unidad narrativa y enorme fuerza expresiva.

    La tortuga gigante

    Había una vez un hombre que vivía en Buenos Aires, y estaba muy contento porque era un hombre sano y trabajador. Pero un día se enfermó, y los médicos le dijeron que solamente yéndose al campo podría curarse. Él no quería ir, porque tenía hermanos chicos a quienes daba de comer; y se enfermaba cada día más. Hasta que un amigo suyo, que era director del Zoológico, le dijo un día:

    —Usted es amigo mío, y es un hombre bueno y trabajador. Por eso quiero que se vaya a vivir al monte, a hace mucho ejercicio al aire libre para curarse. Y como usted tiene mucha puntería con la escopeta, cace bichos del monte para traerme los cueros, y yo le daré plata adelantada para que sus hermanitos puedan comer bien.

    El hombre enfermo aceptó, y se fue a vivir al monte, lejos, más lejos que Misiones todavía. Hacía allá mucho calor, y eso le hacía bien.

    Vivía solo en el bosque, y él mismo se cocinaba. Comía pájaros y bichos del monte, que cazaba con la escopeta, y después comía frutos. Dormía bajo los árboles, y cuando hacía mal tiempo construía en cinco minutos una ramada con hojas de palmera, y allí pasaba sentado y fumando, muy contento en medio del bosque que bramaba con el viento y la lluvia.

    Había hecho un atado con los cueros de los animales, y lo llevaba al hombro. Había también agarrado vivas muchas víboras venenosas, y las llevaba dentro de un gran mate, porque allá hay mates tan grandes como una lata de kerosene.

    El hombre tenía otra vez buen color, estaba fuerte y tenía apetito. Precisamente un día que tenía mucha hambre, porque hacía dos días que no cazaba nada, vio a la orilla de una gran laguna un tigre enorme que quería comer una tortuga, y la ponía parada de canto para meter dentro una pata y sacar la carne con las uñas. Al ver al hombre el tigre lanzó un rugido espantoso y se lanzó de un salto sobre él. Pero el cazador, que tenía una gran puntería, le apuntó entre los dos ojos, y le rompió la cabeza. Después le sacó el cuero, tan grande que él solo podría servir de alfombra para un cuarto.

    —Ahora —se dijo el hombre—, voy a comer tortuga, que es una carne muy rica.

    Pero cuando se acercó a la tortuga, vio que estaba ya herida, y tenía la cabeza casi separada del cuello, y la cabeza colgaba casi de dos o tres hilos de carne.

    A pesar del hambre que sentía, el hombre tuvo lástima de la pobre tortuga, y la llevó arrastrando con una soga hasta su ramada y le vendó la cabeza con tiras de género que sacó de su camisa, porque no tenía más que una sola camisa, y no tenía trapos. La había llevado arrastrando porque la tortuga era inmensa, tan alta como una silla, y pesaba como un hombre.

    La tortuga quedó arrimada a un rincón, y allí pasó días y días sin moverse.

    El hombre la curaba todos los días, y después le daba golpecitos con la mano sobre el lomo.

    La tortuga sanó por fin. Pero entonces fue el hombre quien se enfermó. Tuvo fiebre, y le dolía todo el cuerpo.

    Después no pudo levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta le quemaba de tanta sed. El hombre comprendió entonces que estaba gravemente enfermo, y habló en voz alta, aunque estaba solo, porque tenía mucha fiebre.

    —Voy a morir —dijo el hombre—. Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no tengo quien me dé agua, siquiera. Voy a morir aquí de hambre y de sed.

    Y al poco rato la fiebre subió más aún, y perdió el conocimiento.

    Pero la tortuga lo había oído, y entendió lo que el cazador decía.

  • Anónimo
    hace 1 década

    “Lento, pero posible”, pensó. Y fue como si pensara por primera vez. La frase parecía estallar desde el fondo de su cráneo.

    Afuera, a verdeoliva iban tornando los golpazos.

    Mara no sabía decir lo que pensaba. Ni sabía que pensamos con palabras, porque ella pensaba con imágenes nomás. Pensaba como fotos: cerros, mamá muerta, chañar, tren, aborto, polvareda, esa casa de lata en la que andaba ahora rebotando a manotazos y un parto, otro parto y otro. Todo como fotos revueltas. Si alguien le hubiera preguntado por un recuerdo feliz, ella habría respondido con imágenes: El día que le trajeron al Jonathan en el hospital y se lo pusieron sobre el pecho, la mañana en que llevó a Sabri de blanco y moños al colegio, la noche que Ramón le puso la mano entre las piernas…

    Pero ahora las fotos estaban como ajadas.

    Mara no sabía en qué momento todo había empezado a volverse así de triste. Si había sido por lo del trabajo de Ramón, que se quedó tan en la calle de repente. O cuando la sudestada se llevó la casilla y hubo que sacarla del río. O si fue después de serpear desbaratada con un hijo hervido en fiebre entre los pasillos del barrio por donde la ambulancia no entra. O cuando el primer empujón, el día ese en que el vino le envenenó el carácter a su hombre para siempre.

    Mara no sabía si era suya la culpa. Algunas veces pensaba que sí. Que era ella la que contagiaba todo de tristeza. Porque había nacido con la amargura puesta y no había manera de quitársela. Y hasta soñaba con un montón de hilos que le enredaban el cuerpo y una mano gigante que le tapaba la cara. Entonces quería avisar pero no podía porque se olvidaba todas las palabras y tenía que gritar con señas. Un día se lo dijo a su vecina: “Rosa, me estoy volviendo invisible y muda.” Ahí, Rosa le vio que tenía los ojos como si se los hubieran picado bichos y también vio las marcas en la cara y el arañón del cuello. Y como ella tampoco sabía decir lo que pensaba, pateó el piso del patio y la sentó en una silla mientras buscaba las palabras. “Tenemos que conseguir que escuchen lo que no sabemos decir, Mara”, encontró por fin.

    Mara no sabía que las palabras eran tantas. Cada vez que sus hijos le mostraban los cuadernos, ella seguía los dibujos de las letras con los dedos acordándose de todas las veces que había faltado a la escuela por quedarse barriendo el rancho, limpiando las ollas, corriendo las cabras, amasando tortillas. “¿Serían menos las palabras cuando yo era chica”, se preguntaba. “¿Serían menos en mi pueblo?” Porque ella sabía escribir tan pocas! Su nombre, apenas y tan torcido que le daba vergüenza y algunas palabras más que nunca le habían servido para nada: pato, martes, mango, barca… “¿Cómo se escribirá lo que yo pienso?”, se preguntaba. “¿Cómo será poner en una hoja que el frío es blanco y muerde? ¿Se puede escribir el olor de la ropa que acabo de lavar? ¿Con qué letra va el ruido de los pies en el barro y el soplido de Ramón que sube y baja mientras duerme?”. “¿Cómo escribo el tren que me trajo hasta esta vida?”.

    Mara no sabía que había otras como ella que andaban buscando lo justo. Un día escuchó a una comadre que vino desde Bolivia a hablarles de un Movimiento de Mujeres. Que se juntaban con otros grupos para hacerse escuchar y se encontraban en un bar llamado Virgen de los deseos. Y decía las palabras “exclusión” y “dominio” y “violencia”. Y Mara no entendió demasiado pero se quedó mucho rato pensando que nunca había pensado el deseo.

    Mara supo que por ahí andaba la cosa. Lo veía bien clarito en los ojos de las otras. Si no lograban romper ese silencio que les venía del fondo de los siglos, estarían invisibles para siempre. La noche anterior, Ramón había vuelto a la casa más áspero que nunca y le había puesto la cara como bolsa. Porque sí o de puro desamparo. Por algo que ni él sabía y ella tenía que aguantar. En ese momento, Mara pensó un cuchillo que estaba arriba de la mesa y se sintió condenada.

    Cuando llegó al Comedor donde una maestra muy joven enseñaba a escribir tres veces por semana, en seguida le dieron una hoja, y le dieron un lápiz, y la pusieron a hacer unos dibujos que terminaban en letras. La cara le dolía ahí donde se le había juntado la sangre en un charquito negro verde. Pero cuando se puso en la boca el gusto de la madera del lápiz, le pareció que dolía menos. A poco pidió que le enseñaran las palabras que más ganas tenía de decir: mujer, abrazo, hijos, compañero, ayudar, abuso, rabia. Y la más difícil de todas: deseo.

    Mientras dibujaba una letra tras otra, sudando ríos y desenredándose los dedos, “Lento, pero posible”, pensó. Y fue como si pensara por primera vez.

  • hace 1 década

    Las caracteristicas las sacas leyendo el libro, puede ser narrativo etc etc, ya tené que tener en tu carpeta las distintas caracteristicas en un cuadro que se dá siempre antes de pedir que se lea un libro....

    Estudiá, leé

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