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Anónimo
Anónimo preguntado en Familia, Amor y relacionesAmigos · hace 1 década

en que termina el libro.........?

de carta a un niño que nunca nacio el final me quede cuando ladeclaran culpable

Actualización:

si cuando lo aborta pero si no saben mejor aceptenlo y no contesten

5 respuestas

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  • hace 1 década
    Respuesta preferida

    y despues dice:

    Tu padre se limpió la nariz sin decir nada. “Culpable, ¿sí o no?” Tu padre soltó un largo suspiro y murmuró: “Culpable”. Entonces ocurrió una cosa tremenda: mi amiga se volvió y le escupió encima. Y mientras él se limpiaba, pálido, mi amiga gritó: “¡Cobarde! ¡Hipócrita cobarde! ¡Tú, que sólo le telefoneabas para que se lo quitase de encima! ¡Tú, que durante dos meses te escondiste como un desertor! ¡Tú, que fuiste a verla sólo porque yo te lo imploré! Vosotros sois siempre así, ¿verdad? Os asustáis y nos dejáis solas, y todo lo más regresáis invocando la paternidad. ¿Acaso os cuesta tanto la paternidad? ¿Un vientre reventado por un engrosamiento ridículo? ¿Las penas del parto, la tortura de la lactancia? El fruto de la paternidad os lo sirven como una sopa recocida, como una camisa planchada sobre la cama. No tenéis más que darle el nombre si estáis casados, y ni tan siquiera eso si os largáis. Toda responsabilidad es para la mujer, como cada sufrimiento y cada insulto. La llamáis **** si ha hecho el amor con vosotros. La palabra prostituto, en cambio, no está en el diccionario; usarla es un error lingüístico. Hace milenios que nos imponéis vuestros vocablos, vuestros preceptos, vuestros abusos. Hace milenios que usáis nuestro cuerpo sin perder nada en ello. Hace milenios que nos imponéis el silencio y nos relegáis al papel de madres. En cualquier mujer buscáis una madre. A cualquier mujer le pedís que os haga de madre, incluso a vuestra propia hija. Decís que no tenemos vuestros músculos, y luego explotáis nuestro esfuerzo incluso para que os lustremos los zapatos. Afirmáis que no tenemos vuestro cerebro y luego explotáis nuestra inteligencia incluso para administraros el sueldo. Eternos niños, seguís siendo hasta la vejez niños a los que hay que dar de comer a la boca, limpiar, servir, aconsejar, consolar y proteger de vuestras debilidades y de vuestra indolencia. Yo os desprecio. Y me desprecio a mí misma por no saber prescindir de vosotros, por no gritaros más a menudo que estamos hartas de ser vuestras madres. Estamos hartas de esta palabra, que habéis santificado para vuestro interés y egoísmo. Debería escupir también sobre usted, doctor. Sobre usted que en una mujer ve tan sólo un útero y dos ovarios, nunca un cerebro. Ante una mujer encinta, usted piensa: "Primero se divirtió, y ahora viene a verme".

    ¿No se divirtió nunca usted, señor doctor? ¿Nunca olvidó el culto a la vida? Lo defiende tan bien al nivel celular que, se diría, envidia lo que su colega llama el milagro de la maternidad. Pero no; excluyo esa posibilidad. Para usted, semejante milagro es un sacrificio. En cuanto hombre, no sabría enfrentarlo. Aquí no se está juzgando a una mujer, doctor; se está juzgando a todas las mujeres. Por tanto, tengo el derecho de revertir este juicio sobre usted. Y métase bien en la cabeza, doctor, que la maternidad no es un deber moral. Ni siquiera es un hecho biológico. Es una elección consciente. Esta mujer había llevado a cabo una elección consciente y no quería matar a nadie. Usted es quien quería matarla a ella, señor doctor, negándole hasta el uso de su intelecto. Por eso, dentro de la jaula debería estar usted, y no por negación de auxilio a miles de millones de estúpidos espermatozoides, sino por intento de homicidio en la persona de esta mujer. Después de lo cual, desde luego, es superfluo añadir que la acusada no es culpable”.

    Luego se puso de pie el jefe, que fingió una expresión turbada. Empezó diciendo que no sabia como manifestarse, porque en aquel jurado se sentía un extraño. Los demás estaban relacionados con la acusada por lazos profesionales o afectivos vinculados al niño: él, en cambio, no era más que el patrón. Como tal, no podía por menos de alegrarse del curso de los acontecimientos, pues aun haciendo una concesión a la magnanimidad, él siempre había considerado aquel embarazo como un obstáculo. Peor: una catástrofe que le costaría un montón de dinero. Era suficiente pensar en el sueldo que hubiera tenido que pagar, según una absurda y reprobable ley, durante los meses en que yo no trabajase. El niño había sido sensato, más sensato que la madre. Además, al morir, había defendido el buen nombre de la empresa. ¿Qué hubiera pensado el público si hubiera visto a su empleada, soltera por añadidura, con un recién nacido en brazos? No tenía inconveniente en confesar que, si la mujer lo hubiese aceptado, la habría ayudado a deshacerse del intruso. Pero él no era tan sólo un industrial: era un hombre. Y los jurados que lo habían precedido –los dos jurados varones, se entiende– habían provocado en su conciencia una nueva reflexión sobre el caso. El doctor, por medio de la lógica y la moral; el padre del niño, por medio del dolor. Reflexionando, no podía dejar de asociarse a los razonamientos del primero y al llanto del segundo. Un hijo pertenece en igual medida al padre y a la madre: si se había cometido el delito, se trataba de un doble delito, puesto que, además de eliminar la vida de un infante, había truncado la existencia de un adulto. De acuerdo: era preciso decidir si tal delito se había cometido o no. Pero ¿cabían dudas al respecto? ¿Hacía falta una prueba más aplastante que el testimonio del médico? Éste había sido indulgente al referirse a un vago egoísmo. Él, el jefe, podía revelar el motivos y el móvil. La acusada temía que el famoso viaje fuera encomendado a un colega rival. Por eso había saltado de la cama y había emprendido el viaje, sin consideración alguna hacia la vida que llevaba en su seno. Sin ninguna misericordia. Que su aliada escupiese, que insultase a placer. La acusada era culpable.

    Entonces busqué con la mirada a mi padre y a mi madre. Y les imploré en silencio, porque eran mi última posibilidad de salvación. Me contestaron con una mirada de desaliento. Parecían exhaustos, mucho más viejos que al comenzar el juicio. La cabeza les colgaba hacia delante como si no pudieran sostener su peso, sus cuerpos temblaban como de frío y todo en ellos cedía, derrumbado en un triste abandono que los aislaba de los demás, uniéndolos en una misma desesperación. Se cogían de la mano para ayudarse. Con las manos enlazadas, pidieron permiso para permanecer sentados. Se les concedió el permiso, y los vi entonces deliberar entre ellos, supongo que para decidir quién hablaría primero. Fue él. “Yo he sentido dos dolores –dijo– El primero, al saber que ese niño existía, y el segundo al saber que ya no existía. Espero que se me libre del tercer dolor: ver condenar a mi hija. No sé cómo se ha desarrollado todo esto. Ninguno de ustedes puede saberlo porque nadie es capaz de penetrar en el alma de otra persona. Pero esta es mi hija, y para un padre los hijos no son culpables nunca.” Acto seguido habló mi madre. “Es mi niña, siempre será mi niña –explicó–. Y mi niña no puede hacer el mal. Cuando me escribió que esperaba un hijo, le contesté: “Si esta es tu decisión, quiere decir que así debe ser”. En caso de que me hubiese escrito que no lo quería, le hubiera contestado con las mismas palabras. No nos corresponde juzgar, y a ustedes tampoco. No tienen derecho a acusarla ni a defenderla porque no están ustedes dentro de su mente ni de su corazón. Ninguno de sus testimonios tiene valor. Hay sólo un testimonio, aquí, que podría explicarnos cómo ha sucedido todo. Y ese testigo es el niño, que, sin embargo, no puede...” Entonces, los demás la interrumpieron exclamando a coro: “¡El niño, el niño!”. Y yo me aferré a los barrotes de la jaula y grité: “¡El niño no! ¡El niño no!”. Y mientras gritaba así...

    * * *

    Sí, mientras gritaba así escuché tu voz: “¡Mamá!”. Y me sentí como vacía porque era la primera vez que alguien me llamaba mamá, y porque era también la primera vez que oía tu voz, que no era la de un niño. Era una voz de adulto, de un hombre. Y pensé: “¡Era varón!”. Y luego: “Era varón; me condenará”. Y por último: “¡Quiero verlo!”. Mis pupilas hurgaron en todas partes: dentro de la jaula, fuera, entre los escaños, más allá de los escaños, por el suelo y por las paredes. Pero no te hallaron. No estabas. Sólo se percibía un silencio sepulcral. Y en medio de él tu voz se elevó nuevamente:

    “¡Mamá! Déjame hablar, mamá. No tengas miedo. No hay que tener miedo de la verdad. Por otra parte, la verdad ya se ha dicho. Cada uno de ellos ha dicho una verdad, y tú lo sabes: tú me enseñaste que la verdad está hecha de muchas verdades diferentes entre sí. Tienen tanta razón los que te han acusado como los que te han defendido, los que te han absuelto como los que te han condenado. Pero esos juicios no cuentan para nada. Tus padres tienen razón cuando dicen que no se puede penetrar en el alma ajena, y que el único testigo válido soy yo. Sólo yo, mamá, puedo afirmar que me has matado sin matarme. Sólo yo puedo explicar cómo lo hiciste y por qué. Yo no había pedido nacer, mamá. Nadie lo pide. Allá, en la nada, no hay voluntad. No hay elección. Sólo la nada. Cuando se produce el desgarrón y nos damos cuenta de que empezamos, ni siquiera nos preguntamos quién lo ha querido, y si es un bien o un mal. Sencillamente, aceptamos, y luego aguardamos a descubrir si nos agrada haber aceptado. Descubrí demasiado pronto que me agradaba. Aun a través de tus temores, de tus titubeos, ¡habías logrado convencerme tan bien de que nacer es hermoso y huir de la nada constituye una alegría! Cuando hayas nacido no deberás desanimarte, decías, ni ante el sufrimiento ni ante la muerte. Si uno se muere quiere decir que ha nacido, que salió de la nada, y nada es peor que la nada. Lo malo es tener que decir que uno nunca existió. Me seducía tu fe, tu prepotencia. Parecía verdaderamente la prepotencia de los tiempos remotos, de cuando estalló la vida en el mundo, tal como me contaste. Yo te creí, mamá. Junto con el agua en que estaba sumergido, yo bebía cada pensamiento tuyo. Y cada uno de tus pensamientos tenía el sabor de una revelación. ¿Cómo hubiera podido ser de otra manera? Mi cuerpo era sólo un proyecto que se desarrollaba en ti y gracias a ti; mi mente era sólo una promesa que se realizaba en ti y gracias a ti. Aprendía exclusivamente lo que me dabas e ignoraba lo que no me dabas: mis bocanadas de luz y conciencia eras tú. Si desafiabas a todo y a todos para llevarme a la vida –pensaba yo– significa que verdaderamente la vida es un don sublime.

    “Pero después crecieron tus incertidumbres, tus dudas, y empezaste a alternar halagos y amenazas, ternura y rencor, miedo y coraje. Para lavarte del miedo, un día me atribuiste a mí la decisión de existir, mamá. Afirmaste que habías obedecido a una orden mía, no a tu elección. Hasta me acusaste de ser tu amo: tú mi víctima, y no yo víctima tuya. Después empezaste a reprocharme, a censurarme porque te hacía sufrir. Incluso llegaste a desafiarme explicándome qué era la vida entre vosotros: una trampa carente de libertad, de felicidad, de amor. Un pozo de esclavitudes y violencias a las cuales no podría yo sustraerme. Nunca te cansabas de demostrarme que no hay salvación en el hormiguero, que no es posible escapar a sus siniestras leyes. Las magnolias sirven para arrojar sobre ellas mujeres, el chocolate lo comen quienes no lo necesitan, el mañana es un hombre fusilado por un mendrugo y después un saco de calzoncillos sucios. Todas tus tristes fábulas terminaban siempre en una pregunta: ¿es verdaderamente oportuno que tú salgas de tu nido de paz para venir aquí? Nunca me contaste que una magnolia puede cogerse sin morir, que un bombón puede comerse sin necesidad de humillarse uno, que el mañana puede ser mejor que el ayer. Y cuando te diste cuenta, era demasiado tarde: yo ya me estaba suicidando. No llores, mamá; me doy cuenta de que obrabas así también por amor, a fin de prepararme a no ceder el día que me abrumara el horror de existir. No es cierto que tú no creas en el amor, mamá. Tú estás hecha de amor. Pero ¿es suficiente creer en el amor si uno no cree en la vida? Apenas comprendí que no creías en la vida, que realizabas un esfuerzo para habitar en ella y para llevarme a mí a habitarla, me permití la primera y última elección: rehusar nacer, negarte la Luna por segunda vez. Ya podía hacerlo, mamá. Mi pensamiento ya no era tu pensamiento; yo poseía el mío. Pequeño, tal vez, bosquejado, pero capaz de obtener esta conclusión: si la vida es un tormento, ¿para qué ir hacia ella? No me habías dicho nunca por qué nace uno. Y fuiste lo bastante honrada para no estafarme con las leyendas que habéis inventado como consuelos: el Dios omnipotente que crea a su Imagen y semejanza, la búsqueda del bien, la carrera hacia el paraíso. Tu única explicación fue que tú también habías nacido, y tu madre antes que tú, y antes de tu madre la madre de tu madre, y así hacia un ayer cuyo rastro se perdía. En resumen: uno nace porque otros nacieron y para que otros nazcan, en una proliferación que es una finalidad en sí misma. Si así no fuese –me dijiste una noche–, la especie humana se extinguiría. Es mas: no existiría. Pero ¿por qué habría de existir, por qué debe existir, mamá? ¿Cuál es la finalidad? Te lo digo yo, mama: una espera de la muerte, de la nada. En mi universo, que tú llamabas huevo, la finalidad existía: nacer. Pero en tu mundo la finalidad es tan sólo morir; la vida es una condena a muerte. Y yo no veo por qué hubiera tenido que salir de la nada para regresar a la nada.”

    Entonces comprendí hasta qué punto era hondo e irremediable el mal que yo te había infligido y que me había infligido a mí misma y a las cosas en las cuales me obligo a creer: nacer para ser felices, libres, buenos, para batirse en nombre de la felicidad, de la libertad, de la bondad; nacer para intentar, saber, descubrir, inventar. Para no morir. Presa del pánico, confié en que todo hubiese sido un sueño, una pesadilla de la que saldría para volver a encontrarte vivo, niño, dentro de mí, y volver a comenzar sin asustarme, sin mostrarme impaciente, sin renunciar a esa fe que se llama esperanza, y sacudí la jaula diciéndome que ésta no existía. La jaula no cedió. Era una jaula de verdad, ante mí tenía realmente un tribunal, y acababa de celebrarse un auténtico juicio en el que tú me habías juzgado culpable porque yo misma me tenía por tal; me habías condenado porque yo me condenaba. Sólo quedaba por decidir la pena, y ésta era obvia: renunciar a la vida y volver a la nada contigo. Te tendí los brazos. Te supliqué que me llevases contigo cuanto antes, y tú te pusiste a mi lado y me dijiste: “Pero yo te perdono, mamá. No llores. Naceré otra vez”.

    Espléndidas palabras, niño, pero palabras y nada más. Todos los espermatozoides y todos los óvulos del mundo, reunidos en todas las combinaciones posibles, jamás podrían crearte nuevamente a ti, al que eras y hubieras podido llegar a ser. Tú no renacerás, no volverás nunca más. Y sigo hablándote por pura desesperación.

    * * *

    Hace días que permaneces ahí encerrado, sin vivir y sin marcharte. La doctora está asombrada y preocupada. Puedo morirme –dice– si no te quito. Lo comprendo perfectamente, y añado que no tengo la menor intención de castigarme hasta ese extremo, de valerme de ti para aplicar la autocondena de aquel absurdo proceso. La dureza de la añoranza me basta. Al mismo tiempo, empero, no tengo prisa alguna por quitarte de en medio, y sería difícil precisar por qué causa. ¿Quizá por la costumbre de estar juntos, de dormimos juntos, de despertarnos juntos, de saberme sola sin estar sola? ¿Quizá por la absurda sospecha de que se trate de un error y convenga esperar todavía? ¿O tal vez porque ya no me interesa volver a ser la que era antes de ti? ¡Había suspirado tanto por volver a ser dueña y señora de mi propia suerte Ahora que lo soy, ya no me importa. Aquí tienes una enésima realidad que por no nacer pierdes la ocasión de descubrir: uno se agota para obtener una riqueza, un amor o una libertad; uno se fatiga para conquistar un derecho que le corresponde y, cuando lo ha obtenido, no se alegra. O lo malgasta o lo ignora, pensando incluso que le gustaría volver atrás, comenzar nuevamente las batallas y los sufrimientos. Ver realizado su sueño lo hace sentirse perdido. Bendito el que puede decir: “Yo quiero caminar, no quiero llegar”. Maldito aquel que se impone: “Quiero llegar hasta allá”. Llegar es morir. Durante el camino sólo puedes concederte paradas. Si por lo menos lograse convencerme de que tú has sido una parada y nada más, que una muerte no detiene la vida toda, que la vida no te necesitaba, que este dolor le ha servido de algo a alguien... Pero ¿a quién le sirven un niño que se muere y una madre que renuncia a ser madre? ¿A los moralistas, a los juristas, a los teólogos, a los reformadores? En tal caso, hay que preguntarse a quién le servirá esta historia y cuál será el veredicto de su tribunal. ¿Es mérito la solidaridad o el vituperio de la mayoría? ¿He llevado a cabo un buen servicio para moralistas, juristas, teólogos o reformadores? ¿He pecado instigándote al suicidio y matándote, o bien he pecado al atribuirte un alma que no poseías? Escucha cómo discuten, cómo gritan:

    ¡ha ofendido a Dios; no, ha ofendido a las mujeres; ha escarnecido un problema; no, contribuyó a aclararlo; ha comprendido que la vida es sagrada; no, ha comprendido que es una befa! Como si el dilema de existir o no existir se pudiese resolver con una sentencia u otra, con una u otra ley, y no le correspondiera a cada criatura, en cambio, resolverlo de por sí y para sí. Como si intuir una verdad no abriese interrogantes acerca de otra verdad opuesta, permaneciendo ambas válidas. ¿Cuál es la finalidad de todos sus procesos, de sus litigios? ¿Establecer qué es lícito y qué no lo es? ¿Decidir dónde está la justicia? Tenias razón, niño: estaba en todos. También la conciencia está hecha de muchas conciencias: yo soy ese medico y esa doctora, mi amiga y mi jefe, mi madre y mi padre, tu padre y tú. Y soy aquello que cada uno de vosotros me ha dicho que era. Y valles de tristeza se extienden ante mí, en vano floridos de orgullo.

    * * *

    Tu padre ha vuelto a escribirme. Esta vez se trata de una carta que me lleva a reflexionar. Dice: “Te conozco lo bastante para saber que debo abstenerme de consolarte, afirmando que hiciste bien sacrificando el niño a ti misma, en vez de sacrificarte tú por él. Sabes mejor que

    yo (tú me lo gritaste al echarme) que una mujer no es una gallina, que no todas las gallinas incuban huevos, que muchas los abandonan y que otras se los comen. Y no las condenamos por eso; si acaso no más de lo que condenamos a la naturaleza que mata con enfermedades y terremotos. También te conozco lo bastante como para considerar obvio el recordarte que la crueldad de la naturaleza y de ciertas gallinas encierra una sabiduría: si cada posibilidad de existencia se convirtiese en existencia, moriríamos por falta de espacio. Sabes mejor que yo que nadie es imprescindible, que el mundo se las hubiera arreglado igualmente si Homero, Icaro, Leonardo da Vinci y Jesucristo no hubieran nacido. El hijo que acabas de perder no deja vacíos. Su desaparición no perjudica a la sociedad ni compromete el futuro. Sólo te hiere a ti, y en forma desmedida, porque tu pensamiento ha agigantado un drama, que, tal vez, ni siquiera lo es. (¡Pobre! Has descubierto, querida, que pensar significa sufrir, que ser inteligentes implica ser desdichados. Lástima que se te haya escapado un tercer punto fundamental: el dolor es la sal de la vida, y sin él no seríamos humanos.) No te escribo, por lo tanto, para compadecerte, sino para felicitarte, para reconocer que has vencido. Pero no por haberte sacudido la esclavitud de un embarazo y de una maternidad, sino porque lograste no ceder a la necesidad de los demás, incluida la necesidad de Dios. Justamente lo contrario de lo que me ha ocurrido a mí. En efecto, la envidia hacia quienes creen en Dios me asaltó hasta tal punto durante estos últimos meses, que se convirtió en una tentación. Lo reconozco al tiempo que admito mi fatiga. Dios es un signo de exclamación con el cual se encolan todos los añicos: si uno cree en él quiere decir que está cansado, que ya no logra componérselas por su cuenta. Tú no estás cansada porque eres la apoteosis de la duda. Para ti Dios es un signo de interrogación; mejor dicho, el primero de una infinita serie de interrogantes. Y sólo quien se destroza en las preguntas para obtener respuestas logra avanzar; sólo quien no cree en la comodidad de creer en Dios para aferrarse a una balsa y descansar, puede comenzar nuevamente para volver a contradecirse, a desmentirse, a producirse más dolor. Nuestra amiga me informa de que el niño está aún dentro de ti y te niegas a librarte de él, como si quisieras utilizarlo para castigar tu incoherencia y prohibirte la vida. Supongo que me ha informado para que yo te ruegue que no insistas en esa locura. En vez de rogarte, te anuncio que no perseverarás mucho en ella. Amas demasiado la vida para no percibir su llamada. Cuando ésta llegue, le obedecerás como ese perro de London que, aullando, sigue a los lobos y se vuelve lobo a su vez”.

    En efecto, mañana volvemos a casa. Y si bien la palabra mañana me parece ofensiva para ti y amenazadora para mí, no puedo dejar de mirar a mí alrededor y darme cuenta de que mañana es un día lleno de oportunidades.

    * * *

    Me recibieron saludándome con gran entusiasmo, como si hubiera estado enferma de un pie o de una oreja, y me preparase ahora para una convalecencia. Me felicitaron por el trabajo que logré llevar a término a-pesar-de-las-dificultades. Me ofrecieron comida. Ni una palabra acerca de ti. Cuando intenté referirme al tema, adoptaron un aire entre evasivo y turbado, como si aludiera a un asunto desagradable y quisieran decirme no-pensemos-más-en-eso-lo-pasado-pasado. Más tarde mi amiga me llevó aparte y, con el tono de quien recuerda una cita importante, dijo que había consultado a un médico que sostiene la inoportunidad de contar con que te marches espontáneamente: si no te hago extirpar, me muero de septicemia. Será necesario que me decida: resultaría paradójico que, para restablecer el equilibrio, tú me mataras a mí. Todavía tengo muchas cosas por hacer. Tú no las comenzaste nunca; yo, en cambio, sí. Debo proseguir mi carrera, por ejemplo, y demostrar que soy tan eficaz como un hombre. He de batirme contra la comodidad de los signos de exclamación, por ejemplo, y tengo que convencer a la gente para que se plantee más porqués. Debo apagar la compasión hacia mí misma, y convencerme de que el dolor no es la sal de la vida. La sal de la vida es la felicidad, y la felicidad existe: consiste en darle caza. Por último, todavía he de aclarar el misterio que llaman amor. No el que se devora en una cama, tocándonos, sino el que me preparaba a conocer contigo. Siento tu ausencia, niño. Siento tu ausencia como sentiría la de un brazo, un ojo o la voz. Pero te echo en falta menos que ayer, menos que esta mañana. Es extraño. Se diría que, de hora en hora, el suplicio se atenúa para encerrarse en un paréntesis. Los lobos ya empezaron a llamarme y no importa si todavía están lejos: apenas se acerquen, bien me doy cuenta de que los seguiré. ¿Es verdad que he sufrido tan hondamente y tanto tiempo? Me lo pregunto, incrédula. Una vez leí en un libro que la dureza de una pena que hemos soportado sólo se siente cuando nos hemos librado de ella y, asombrados, exclamamos: ¿cómo hice para soportar semejante infierno? Verdaderamente, así debe ser, y la vida resulta extraordinaria, pues cicatriza las heridas a loca velocidad. Si no quedasen las cicatrices no recordaríamos siquiera que de allí manó sangre. Además, incluso las cicatrices desaparecen. Palidecen y acaban borrándose. También a mí me ocurrirá. ¿Me ocurrirá, en efecto? Tengo que lograrlo. Porque lo pretendo, lo exijo. Tanto es así, que ahora desprendo de la pared tu retrato, y dejo de impresionarme con tus ojos abiertos. Y escondo las demás fotografías tuyas; mejor dicho, las rompo. Y destrozo esta cuna que me he traído a cuestas como un féretro, la arrojo al incinerador. Y escondo tu ajuar para regalárselo a alguien o, mejor aún, lo rompo todo. Y le pido ahora al médico, le digo que estoy de acuerdo, que un día de estos habrá que arrancarte de mí. Y tal vez incluso llame a tu padre o no importa a quién, para irme con él a la cama esta noche, pues ya estoy hasta la coronilla de esta castidad. Tú estás muerto pero yo estoy viva. Tan viva que no me arrepiento, y no acepto procesos ni acepto veredictos, y ni siquiera tu perdón. Los lobos están ya cerca, y yo tengo fuerzas para parirte cien veces aún sin implorar socorro a Dios ni a nadie... ¡Dios, qué dolor! Me siento mal, de pronto. ¿Qué pasa? De nuevo esas cuchilladas. Se alargan hasta el cerebro para perforarlo como entonces. Estoy sudando. Me sube la fiebre. Ha llegado nuestra hora, niño; la hora de separarnos. Y no lo deseo. No quiero que te arranquen con una cuchara para arrojarte al cubo de la basura entre el algodón sucio y las gasas. No me agradaría eso. Pero no puedo elegir. Si no corro al hospital para que te separen de estas vísceras a las que sigues aferrado, me matas. Y esto no lo puedo permitir. No debo. Te equivocabas al sostener que no creo en la vida, niño. ¡Pues claro que creo en ella! Me gusta, incluso con sus infamias, y me propongo vivirla a cualquier precio. Me marcho volando, niño. Y, de una vez por todas, te digo adiós.

    * * *

    Sobre mí se extiende un cielorraso blanco, y a mi lado, dentro de un frasco, estás tú. No querían que te viera, pero los he convencido, afirmando que era mi derecho, y te pusieron allí con una mueca de desaprobación. Te miro, por fin. Y me siento burlada porque, verdaderamente, no tienes nada en común con el niño de la fotografía. No eres un niño, sino un huevo. Un huevo gris que flota en un alcohol rosado, dentro del cual no se percibe nada. Terminaste mucho antes de que se dieran cuenta: nunca llegaste a tener las uñas, la piel y las infinitas riquezas que yo te regalaba. Criatura de mi fantasía, apenas lograste realizar el deseo de dos manos y dos pies, de algo que se parecía a un cuerpo, del boceto de un rostro con una naricita y dos ojos microscópicos. En el fondo, amé a un pececillo. Y por amor hacia un pececillo me inventé un calvario como consecuencia del cual corro el riesgo de morir yo también. ¡Inaceptable! ¿Por qué no te habré hecho quitar antes? ¿Por qué perdí tanto tiempo precioso dejando que me envenenaras? Estoy mal; todos parecen alarmados. Me han clavado agujas en el brazo derecho y en la muñeca izquierda. De esas agujas salen tubos delgados que suben como serpientes hasta los frascos. La enfermera merodea con pasos afelpados. De vez en cuando, entra el doctor con otro colega suyo y entrecruzan frases que no comprendo, pero que suenan a amenazas. No sé qué daría por que llegasen mi amiga o tu padre, y mejor aún mis padres, cuyas voces me pareció escuchar. Pero no viene nadie excepto esos dos de bata blanca: uno de ellos ¿es el mismo que me condenó? Hace un rato se enfadó. Dijo: “¡Doblen la dosis!”. La dosis ¿de qué? ¿De pena? Ya la desconté. ¿Debo empezar de nuevo? Luego dijo: “¡Aprisa! ¿No veis que se está yendo?”. ¿Quién se está yendo? ¿Una aguja, una persona, la vida? La vida no puede irse si uno se niega a ello: aquí no se muere nadie. Ni siquiera tú, porque ya estás muerto, muerto sin saber qué significa estar vivo, sin saber qué son los colores, los sabores, los olores, los sonidos, los sentimientos, el pensamiento. Lo lamento por ti y por mí. Me humilla. Pues ¿de qué sirve volar como una gaviota dentro del azul si uno no genera a otros y a otros, para volar dentro del azul? ¿De qué sirve jugar como niños si uno no genera otros niños, quienes generarán a otros aún, y aún, para jugar y divertirse? Debías haber resistido. Debías haber luchado y vencido. Cediste demasiado pronto, te resignaste demasiado de prisa; no estabas hecho para la vida. ¿Quién se asusta por un par de fábulas, por dos o tres advertencias? Te parecías a tu padre: él halla cómodo descansar en Dios, y tú hallaste cómodo descansar no naciendo. ¿Quién de nosotros dos ha traicionado? Yo no. Estoy muy fatigada. Ya no siento las piernas, a ratos se me nubla la vista, y el silencio me envuelve como un zumbido de avispas. Sin embargo, no cedo, ¿ves? Aguanto. ¡Qué diferentes somos! No debo dormirme. Debo permanecer despierta y pensar. Si pienso, tal vez resista. ¿Desde cuándo estás en ese frasco? Es preciso que te acomode en un sitio más decoroso, pero ¿cuál? Tal vez a los pies de la magnolia. Pero resulta que la magnolia está lejos; está en el tiempo en que yo era pequeña. El presente no tiene magnolias. Mi casa, tampoco. Debería llevarte a casa. Pero por la mañana. Ahora es de noche: el cielorraso blanco se está volviendo negro. Y hace frío. Mejor que me ponga el abrigo para salir. ¡Ale, vamos, te llevo! Quisiera tenerte entre mis brazos, niño, pero ¡eres tan minúsculo! No te puedo abrazar. Puedo sostenerte en la palma de la mano, y eso es todo, siempre que no se te lleve una ráfaga de viento. Esto es algo que no comprendo: una ráfaga de viento puede robarte, y, sin embargo, eres tan pesado que me tambaleo. ¡Dame la mano, te lo ruego! ¡Así! Muy bien. Ahora eres tú el que conduce, el que me guía. Pero, entonces, ¡no eres un huevo, no eres un pececillo! ¡Eres un niño! Ya llegas hasta mis rodillas. No, hasta mi corazón. No, hasta el hombro. No eres un niño, ¡eres un hombre! Un hombre de dedos fuertes y amables. ¡Buena falta me hacen, ahora que soy vieja! Ni siquiera consigo bajar los escalones si no me sostienes. ¿Recuerdas cuando subíamos y bajábamos por esta escalera, teniendo cuidado de no caer, apretados el uno al otro en un abrazo de complicidad? ¿Recuerdas cuando te enseñaba a hacerlo tú solo, cuando hacía poco que caminabas, y contábamos los escalones riendo? ¿Recuerdas cómo aprendías, aferrándote a cada saliente, jadeando, mientras yo te seguía con los brazos tendidos? ¿Y el día que reñimos porque no atendías mis consejos? Después lo lamenté. Quise pedirte perdón, pero no lo conseguí. Te buscaba, desde bajo mis párpados, y tú también me buscabas desde bajo los tuyos, hasta que en tus labios floreció una sonrisa y comprendí que habías entendido. ¿Qué ocurrió después? Mi pensamiento se empaña, mis párpados parecen de plomo. ¿Es el sueño o es el fin? No debo ceder al sueño, al fin. Ayúdame a quedarme despierta. Contéstame: ¿fue difícil usar las alas? ¿Dispararon muchos sobre ti? ¿Les disparaste tú? ¿Te oprimieron en el hormiguero? ¿Cediste ante las decepciones y las iras, o bien te mantuviste recto como un árbol fuerte? ¿Descubriste si existen la felicidad, la libertad, la bondad, el amor? Espero que mis consejos te hayan sido útiles. Espero que tú nunca hayas gritado la atroz blasfemia “¿por qué habré nacido?”. Espero que hayas llegado a la conclusión de que nacer valía la pena: a costa de sufrir, a costa de morir. Estoy tan orgullosa de haberte arrancado a la nada, a costa de sufrir y de morir... Hace frío de veras, y el cielorraso blanco ahora es realmente negro. Pero ya hemos llegado, ahí está la magnolia. Coge una flor. Yo nunca lo conseguí; tú sí lo conseguirás. Ponte de puntillas, levanta un brazo. Así. ¿Dónde estás? Estabas aquí, me sostenías, eras mayor, eras un hombre. Y ahora ya no estás. Sólo hay un frasco de alcohol dentro del cual flota algo que no quiso convertirse en hombre o en mujer, que yo no ayudé a convertirse en hombre o en mujer. ¿Por qué hubiera debido hacerlo, me preguntas, por qué hubieras tú debido? ¡Pues porque la vida existe, niño! Se me pasa el frío al decir que la vida existe, se me pasa el sueño; me siento vida yo misma. ¡Mira, se enciende una luz! Se oyen voces. Alguien corre, grita, se desespera. Pero en algún otro sitio nacen mil, cien mil niños, y madres de futuros niños. La vida no te necesita a ti ni a mí. Tu estás muerto. Tal vez muera yo también. Pero no importa. Porque la vida no muere.

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  • hace 5 años

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  • hace 6 años

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  • Anónimo
    hace 1 década
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  • Anónimo
    hace 1 década

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