origen de la CORRESPONDENCIA?

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  • Anónimo
    hace 1 década
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    Desde los tiempos más antiguos, el hombre ha necesitado transmitir información y ha buscado mecanismos para comunicar mensajes a distancia. Los primeros eran orales y los mensajeros eran elegidos entre quienes destacaban por su buena memoria.

    Los sumerios, que habitaron Mesopotamia hace 5,000 años, fueron los primeros en manejar la escritura y, por lo tanto, los primeros en escribir cartas.

    Los egipcios escribían sobre pergaminos que fabricaban con pieles de animales. Más tarde usaron los papiros, hechos a partir de la corteza de un arbusto. Hace 4,500 años ya existía una amplia red de mensajeros en Egipto, siendo el Nilo la principal vía de comunicación.

    La más antigua carta conocida es un mensaje del Faraón Pepi II, quien tomó posesión del trono de Egipto a la edad de siete años, cerca del año 2200 a.C.

    Muy pronto y por iniciativa de sus consejeros, organizó una expedición al interior del continente africano para buscar oro, incienso y otros bienes necesarios para el culto, pero también provisiones para el diario vivir.

    Un servicio de mensajeros muy bien organizado mantenía la comunicación entre la cancillería del joven monarca y el responsable de la expedición, llamado Hichouf. Los informes bajaban las aguas del río Nilo hasta llegar a la magnífica residencia real.

    Las órdenes eran redactadas en la cancillería en las más finas cortezas del arbusto de papiro. Enrolladas, precintadas y selladas, eran enviadas a remontar el Nilo hasta llegar al corazón de África. Uno de esos mensajes de Pepi II ha podido conservarse y está considerado como la carta más antigua del mundo.

    La palabra "correo", se refiere a "el que corre" y se remonta a épocas en que los portadores de noticias eran verdaderos atletas, dedicados a llevar y traer mensajes o documentos para la nobleza, la casta sacerdotal y los militares.

    El sistema de correos que se fue repitiendo en distintas naciones era algo parecido a una carrera de relevos de corredores, que posteriormente serían sustituidos por jinetes.

    En Persia, Cyrus reorganizó hace más de 2,500 años un sistema de correos que funcionaba desde tiempos inmemoriales. El historiador griego Herodoto escribió acerca los correos persas: "Ni la nieve, ni la lluvia, ni la oscuridad, ni la noche, impedirán que estos correos cumplan con su deber".

    Un mensajero legendario es el corredor de la célebre batalla de Maratón, que en el año 490 a.C. recorrió los 42 kilómetros que separaban dicho lugar de Atenas para anunciar la victoria de los griegos. Cumplido su deber, murió.

    Desde el principio, el correo fue una herramienta del poder: Los gobernantes podían informarse de lo que pasaba en sus territorios y hacer llegar sus órdenes a todos los ciudadanos mediante la palabra escrita.

    Los chinos inventaron el papel, un material más liviano y de más fácil manejo, que se impuso en todo el imperio del lejano Oriente y fue conocido mucho después en Occidente. China impulsó el desarrollo más importante del correo en la Antigüedad, que llegó a ser ejemplar.

    En la época de la dinastía Tchou, unos 1,200 años antes de nuestra Era, ya existía un eficiente servicio de correos basado en estaciones donde los mensajeros descansaban y cambiaban de caballo. Según el explorador Marco Polo, existían cinco rutas, 16,000 estaciones y 70,000 empleados que llegaban a recorrer 230 kilómetros cada día.

    Durante el Imperio Romano se consiguió un sistema muy amplio y eficaz para unir a Roma con los puntos más lejanos. Augusto, el primer emperador, creó el Cursus Publicus usando las famosas vías que unían todo el vasto imperio. Sin estas vías de comunicación, Roma nunca hubiera existido.

    Las rutas contaban con terminales en cada etapa y entre cada dos de ellas existían de seis a diez paradas donde se cambiaba de caballería. Los taballarii transportaban la correspondencia oficial y a veces la de los particulares. Con la caída del Imperio Romano, este eficiente sistema se vino abajo.

    Durante la Edad Media, el correo fue una empresa de carácter privado al servicio de los poderosos. Los reyes, los nobles y los jerarcas de la Iglesia tenían sus propios correos para comunicarse. A medida que avanzó el fortalecimiento del poder real, el correo fue objeto de control oficial.

    Embajadores, correos, mandaderos o troteros son distintos nombres que se les dieron a los trabajadores de este sector. Además de estos servidores, en algunas regiones europeas fueron utilizadas las palomas mensajeras, al parecer con gran eficacia.

    A partir del Siglo XIV, los mercaderes europeos fundaron servicios de entregas que organizaron en gremios para despachar a los correos.

    En 1476, durante el reinado de Luis XI, se creó el primer correo montado en Francia. Del italiano staffa, que significa estribo, se deriva la palabra estafeta y después se les llamó "estafetas" a los correos a caballo, que continuaban funcionando con el sistema de relevos.

    El término "postal", utilizado por todos los servicios de correos del mundo, tiene su origen en el uso generalizado del caballo como medio de transporte para el traslado de la correspondencia de una ciudad a otra. En sus largos recorridos, los jinetes o carruajes de los servicios de correo necesitaban cabalgaduras frescas para continuar la jornada.

    En puntos estratégicos de las rutas europeas, se establecieron corrales o caballerizas que concentraban a un buen número de caballos para el relevo oportuno y en donde se les proveía de agua, forrajes y granos para su alimentación y descanso. A estos lugares se les conocía como "postas", nombre de origen latino que significa "lugar o puesto donde están los caballos".

    Con el crecimiento de la demanda del servicio de correos, junto a las postas aparecieron pequeños mesones donde se podía tomar alimentos y pernoctar, además de convertirse en lugares propicios para entregar y recibir correspondencia; de ahí los títulos de "Correo Mayor de Hostales y Postas" dados a quienes ejercían la función del correo.

    El servicio más importante fue el de la familia Tassis. El emperador Maximiliano I de Alemania nombró a Francisco Gabriel de Tassis, Conde de Valsanima, "Maestro Mayor de Hostales, Postas y Correos de todos mis Reinos y Señoríos" y posteriormente su nieto, Carlos I de España y V de Alemania, lo confirmó en el cargo.

    Después, el mismo Carlos I llevó a la Corte de Toledo a los descendientes de Tassis y los estableció como los Correos Mayores del Imperio Español.

    Durante el Renacimiento se extendió el uso de la palabra escrita como medio de comunicación y se desarrolló la imprenta. El correo, privilegio de reyes, se fue extendiendo a todas las capas sociales, popularizándose como un servicio confiable.

    Cuando los españoles llegaron a América, encontraron que en el Imperio Azteca existían varios tipos de mensajeros. Los painanis eran los emisarios del dios Painal, que según la mitología mexica era "el corredor veloz" o "el de los pies ligeros". Aunque trasmitían información, su oficio era más bien de tipo religioso y ceremonial, ya que como emisarios de Painal, mensajero de Huitzilopochtli, pregonaban el advenimiento de las Guerras Floridas, diligencia necesaria para la movilización de los ejércitos.

    Los yciucatitlantis eran los mensajeros que llevaban datos urgentes, como fue el caso de comunicar a Tenochtitlán la llegada de los españoles a estas tierras. Los tequihuatitlantlis eran mensajeros con cierto grado de jerarquía en el ejército, que informaban sobre el desarrollo de las batallas.

    Los tamemes eran los encargados del servicio de "paquetería" para transportar diversas mercancías, como alimentos, joyas y telas.

    Todos estos mensajeros pertenecían al ejército y se ubicaban en las fortalezas militares denominadas techialoyan, edificadas en las fronteras de guerra, que servían como puestos de vigilancia y límites territoriales.

    En los caminos reales fueron colocadas unas torrecitas cada 10 kilómetros de distancia para hacer relevos, gracias a los cuales los mensajes y mercancías llegaban con gran rapidez. El servicio era realizado por fuertes, rápidos y valerosos corredores de enormes distancias, que llevaban noticias de un tlatoani o rey a otro.

    El sistema de los aztecas fue verdaderamente eficiente; tanto, que al Emperador Moctezuma II le llegaba pescado fresco diariamente desde la costa de Veracruz.

    La organización de mensajeros, mezcla de acólitos, espías, guerreros y comerciantes no era un sistema de correos propiamente dicho. Más bien, era parte de la logística y estrategia bélica.

    Tras la caída de Tenochtitlán en 1521, en el recién establecido Virreinato de la Nueva España no existió la institución del correo como tal durante 59 años. Todo se manejaba a partir de mensajeros particulares, oficio que recaía generalmente en miembros del ejército, no obstante que en 1514 Carlos I le había conferido al Dr. Lorenzo Galíndez de Carvajal el oficio de "Correo Mayor de las Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano Descubiertas y por Descubrir".

    El Servicio Postal Mexicano es uno de los más antiguos de América. El Rey Felipe II nombró "Correo Mayor de Hostales y Postas de Nueva España" a Don Martín de Olivares, quien posesión de su cargo en 1580.

    Durante la Colonia, con el surgimiento de ciudades, puertos, centros mineros y zonas agrícolas, el sistema de correos se fue implantando a todo lo largo y ancho de Nueva España con el establecimiento de las primeras rutas postales.

    Las Ordenanzas de Correos de 1762 consignan, por primera vez en la historia, la figura del cartero, personaje imprescindible en el medio urbano.

    Según relatos de la época, el primer cartero de oficio en la Nueva España se llamó Joseph Lazcano. Era su obligación anotar los cambios de domicilio y dejar las cartas en manos del destinatario, salvo que conociera a sus parientes o criados. Cuando la carta era certificada, recogía el recibo y lo entregaba al administrador.

    Toda correspondencia debía repartirse en un plazo de doce horas. Las Ordenanzas señalaban como motivo de despido el retraso en el reparto y la modificación al precio marcado en la envoltura. Por lo demás, de acuerdo con lo dispuesto en las mismas, Lazcano obtenía un cuarto de real por cada carta entregada.

    Durante esa época se estableció el correo marítimo entre Europa, América y Asia. La famosa "Nao de China" comunicaba a Manila, en Filipinas, con el puerto español de Sevilla, a través de un recorrido terrestre de Acapulco a la Ciudad de México y de ésta al puerto de Veracruz.

    El correo novo hispano fue concebido en sus inicios como una empresa privada, estaba concesionado sobre la base de Mercedes Reales y permaneció durante 187 años en manos de particulares. Con la instauración de las Reformas Borbónicas en el imperio Español, el servicio de correos pasó a ser una función prioritaria de la Corona Española y Don Antonio Méndez Prieto y Fernández, último Correo Mayor, entregó el oficio al Estado en 1766.

    Al año siguiente, Carlos III expidió la Real Ordenanza del Correo Marítimo, que compendiaba la normatividad existente en esa época. El sistema de correos español contaba con su propia flota, que tenía su sede en el puerto de La Coruña. Desde ahí, se planeaban los viajes a La Habana, Veracruz, Cartagena de Indias, Mar del Plata, Valparaíso y Manila.

    Posteriormente, las Ordenanzas de Correos de 1794 establecieron toda la normatividad del sistema de correos en el Imperio Español y sus disposiciones continuaron vigentes durante 110 años.

    Al iniciar el Siglo XIX, la red postal de la Nueva España movía más de un millón de piezas al año. Tenía una extensión de 25,000 kilómetros y contaba con 401 oficinas, atendidas por 901 trabajadores.

    Durante la Guerra de Independencia, el correo jugó un papel primordial. En las valijas postales, a pie, a caballo o en carreta, viajaron por todo el territorio, de manera escrita, los planes de conspiración que dieron origen al México Independiente. Tal era la fuerza del correo que, en 1812, el virrey Don Félix María Calleja ordenó abrir toda la correspondencia en los pueblos donde se sospechaba que vivían insurgentes, lo que motivó a éstos a desarrollar sus propios correos.

    Al consumarse la Independencia el 27 de septiembre de 1821, la Junta Provisional de la Regencia estableció que la Dirección General de Correos dependería de la Secretaría de Estado y del Despacho Universal de Relaciones Interiores y Exteriores, así como de Gobernación, especificando que subsistiría con los emolumentos que obtuviera por prestar el servicio.

    El gobierno de Don Guadalupe Victoria estableció que la Renta de Correos pasara a depender de la Secretaría de Hacienda y en 1891 pasó a ser parte de la recién creada Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas.

    Durante el convulsionado Siglo XIX, dadas las luchas internas por el poder y las distintas guerras de intervención que sufrió nuestro país, el correo tuvo muchos altibajos. De un día para otro, cambiaba de estructura y de nombre, pero sin interrumpir jamás su función estratégica de prestador de servicios para la sociedad.

    Mientras tanto, la red postal mundial crecía al ritmo de la naciente revolución industrial, que planteaba nuevos retos y hacía necesario actualizar de manera permanente los sistemas administrativos y operativos, así como ampliar y mejorar las rutas.

    Durante el Imperio de Maximiliano se empezaron utilizar los sobres de papel, cuya invención en 1830 es atribuida a un librero inglés de apellido Brewer.

    Otro inglés, Rowland Hill, encabezó una serie de innovaciones postales en Gran Bretaña, como establecer que el pago de la correspondencia y envíos debería hacerlo el remitente y no el destinatario, como se hacía hasta entonces.

    Dice la leyenda que mientras Hill estaba dando conferencias por Escocia, entró en una fonda para tomar algo y resguardarse del frío. Mientras estaba dentro del establecimiento, llegó un cartero que le dio a una criada una carta. La muchacha expuso que no tenía dinero para pagar el importe. Tras ofrecerse Hill a pagarlo, la mujer se negó rotundamente.

    Posteriormente, la muchacha le confesó que la carta, que parece ser que era de su hermano, estaba en blanco. Ellos se comunicaban mediante señales que escribían en el sobre y así evitaban pagar la fortuna que costaba una carta. Hill descubrió que se trataba de una práctica generalizada.

    Para evitar estos y otros abusos, después de analizar costos y recorridos, se le ocurrió la idea del franqueo mediante un pago previo y una tarifa única basada en el peso, más que en el tamaño de las cartas o paquetes. Su propuesta fue llevada al Parlamento, a pesar de la oposición del ministro de Hacienda y 150 parlamentarios solicitaron a la Presidencia que adoptara estas medidas.

    Aceptadas en 1839, las reformas comenzaron a partir del nombramiento de Rowland Hill como Secretario General. Se instituyó una tarifa única de un penique para cada carta de media onza de peso enviada a cualquier punto de las islas británicas y en poco tiempo se triplicó el número de cartas.

    La primera estampilla postal apareció en mayo de 1840. Ostentaba el perfil de la joven Reina Victoria, quien permaneció en todas las estampillas británicas durante los siguientes sesenta años. Se imprimió con tinta negra y tenía el valor de un penique, por lo que es conocida como penny black o penique negro.

    Con su aparición, surgió también la filatelia. Un funcionario del Museo Británico fue la primera persona que se interesó por ella y se dice que el propio Rowland Hill, a través de su hijo Pearson, comenzó a solicitar a los países que acogían el sistema ideado por él, que le enviaran ejemplares de los sellos que emitían, para guardarlos como referencia de su revolucionario invento.

    A partir de 1840, la historia del uso de las cartas se divide en época pre-filatélica y época filatélica, aunque fue hasta 54 años después, en 1894, cuando un famoso coleccionista francés apellidado Herpin propuso la palabra "filatelia", cuyo significado es "amor a los sellos".

    Las estampillas, sellos o timbres atraen a millones de filatélicos de todo el mundo, no sólo por su valor económico, sino también por su belleza estética y valor histórico, geográfico o político, al ser un testimonio de muchos aspectos de nuestra civilización.

    Los términos timbre, sello y estampilla se utilizan indistintamente para denominar a ese pequeño trozo de papel que, adherido a la carta, valida el pago y hace llegar a todo el mundo un mensaje de buena voluntad y amistad del país que lo emite.

    En México, como en la gran mayoría de los miembros de la Unión Postal Universal, se acepta por consenso el término "estampilla", que se diferencia de la denominación "timbre", de origen francés y connotación fiscal, así como la de "sello" utilizada en España y que en nuestro país corresponde más a una marca que se imprime sobre la carta con la fecha de envío o recepción.

    Dieciséis años después de la aparición de la penny black, el Presidente Ignacio Comonfort decretó la impresión de las primeras estampillas postales mexicanas, que se pusieron en circulación el 1º. de agosto de 1856 mostrando la efigie de don Miguel Hidalgo y Costilla. El diseño y grabado fueron obra de Don José Villegas, hábil y célebre dibujante, Jefe de la Oficina del Sello de Estampas e Impresos del Gobierno.

    En 1857, al promulgarse la primera Constitución de México, se reafirmó que el servicio de correos seguiría siendo una atribución del Estado. Se tomaron las medidas necesarias para fortalecerlo y facultarlo a realizar convenios internacionales bilaterales, que facilitaran el libre tránsito de la correspondencia hacia otros países.

    A partir de la segunda mitad del siglo XIX, los avances tecnológicos en materia de transportes, con los ferrocarriles y los barcos de vapor, exigieron la atención de todos los países del mundo, a los que ya no satisfacían los convenios bilaterales por las crecientes necesidades del desarrollo postal. Se empezó a vislumbrar la posibilidad de crear un organismo mundial que lo rigiera y normara.

    Heinrich Von Stephan, funcionario de la Administración Postal de la Confederación de Alemania del Norte, desarrolló un proyecto de unión postal entre las naciones civilizadas. Por sugerencia suya, el Gobierno Suizo organizó en 1874 una Conferencia Internacional que se reunió en Berna, con la asistencia de representantes de 22 países.

    El 9 de octubre se firmó el Tratado de Berna, estableciendo la Unión General de Correos. Ante las numerosas adhesiones producidas, tres años más tarde cambió su denominación por Unión Postal Universal, a la que el Correo Mexicano se adhirió el 1º. de abril de 1879.

    En 1884, durante el gobierno del General Manuel González, se publicó el primer Reglamento y Manual de Organización de la Administración General de Correos, que adquirió el rango de Dirección General a partir de 1901.

    El Ministro de Comunicaciones y Obras Públicas, Francisco Mena y el Director General de Correos, Don Ramón de Zamacona e Inclán, plantearon la apremiante necesidad que tenía el servicio de correos de contar con un edificio propio, acorde a la importancia de sus funciones y al alto volumen de correspondencia que se manejaba en ese momento, de aproximadamente 130 millones de piezas postales al año.

    El 14 de septiembre de 1902, el Presidente de la República Porfirio Díaz, depositó dentro de un cofre de acero periódicos y revistas del día como "El Imparcial", "El País" y "El Mundo Ilustrado", monedas acuñadas en ese año, así como billetes en circulación, enterrándolo entre las primeras piedras de lo que sería el Palacio Postal.

    De estilo ecléctico, fue diseñado por el arquitecto italiano Adamo Boari y construido por el ingeniero militar mexicano Gonzalo Garita y Frontera. También conocido como "Quinta Casa de Correos", por ser la quinta sede que ha tenido el correo en México, fue inaugurado el 17 de febrero de 1907 por el Presidente Díaz como la Administración de Correos Número Uno.

    Es sin duda uno de los palacios más espléndidos, no sólo de la Ciudad de México, sino de todo el país. Aunque fue recientemente restaurado, nunca, desde su apertura, ha dejado de funcionar o prestar el servicio de correos.

    Durante la Revolución, el país se convulsionó nuevamente, afectando al servicio de correos. Los grupos combatientes emitían rústicas emisiones revolucionarias que coexistían junto con antiguos timbres de diferentes formas, tamaños y precios.

    Mientras tanto, el primer servicio de correo aéreo tuvo lugar en 1911 entre dos ciudades inglesas situadas a pocas millas de Londres y en 1917 se realizó el primer servicio postal aéreo en México.

    Al año siguiente se inauguró la primera ruta regular entre Nueva York y Washington y un año después entre Londres y París. En 1921 se estableció en Estados Unidos el primer servicio transcontinental entre Nueva York y San Francisco, con una duración de vuelo de 30 horas.

    En 1935 se inauguró el servicio transoceánico entre los Estados Unidos y Filipinas, y tuvieron lugar algunos vuelos de correo aéreo entre África y Brasil. Cuatro años después se estableció el servicio regular de Marsella a Nueva York.

    En México, el Día del Cartero y del Empleado Postal fue establecido el 12 de noviembre de 1931, como un reconocimiento a la obra social que realizan, al llevar a todos los ciudadanos las buenas y a veces las no tan buenas noticias.

    En 1933 se creó la Dirección General de Correos y Telégrafos, pero en 1942 el ejecutivo federal decretó definitivamente su separación. Durante las siguientes décadas hubo más cambios administrativos y de organización, siempre buscando mejoras en el servicio postal.

    Entre los avances más importantes del correo mexicano están el establecimiento del código postal numérico en 1981 y el inicio de la automatización postal en 1984.

    Por decreto presidencial, en 1986 se creó el organismo descentralizado denominado Servicio Postal Mexicano, como respuesta a la necesidad de modernizar los servicios de comunicación. Uno de los primeros pasos fue la sustitución de las 9 Gerencias Postales Regionales por Gerencias Postales Estatales, para servir mejor a los usuarios de todo el país.

    La Unión Postal Universal cuenta actualmente con 190 países miembros y es la red de distribución más grande del mundo. Más de seis millones de empleados postales trabajan en 700,000 oficinas para procesar y entregar alrededor de 430 mil millones de piezas al año a todos los rincones del planeta.

    En la última década y como consecuencia de la globalización, se han desarrollado un sinnúmero de empresas de mensajería y paquetería en todo el mundo, pero el Servicio Postal Mexicano sigue cubriendo la mayor parte de las necesidades de nuestro país, con un servicio accesible, seguro, eficiente, de bajo costo y con la cobertura más amplia tanto a nivel nacional como internacional.

    Sin embargo, las comunicaciones electrónicas se han desarrollado a pasos agigantados y los servicios postales, incluyendo el nuestro, deben asegurar su futuro adoptando los avances tecnológicos para desarrollar nuevos servicios.

  • hace 4 años

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  • hace 5 años

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