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Apócrifos, se dice apócrifos.
Son libros que aunque los incluyen dentro de la compilación de las Santas Escrituras, en realidad no deberían considerarse como parte de ellas.
Son los escritos que algunos han incluido en ciertas Biblias pero que otros han rechazado porque no manifiestan inspiración por Dios. La palabra griega a‧pó‧kry‧fos se refiere a cosas ‘cuidadosamente ocultas’. (Mar. 4:22; Luc. 8:17; Col. 2:3.) Ese término se aplica a libros de dudosa autoría o autoridad, o a libros que, aunque considerados de algún valor para lectura personal, carecían de prueba de inspiración divina. Estos libros se mantenían separados y no se leían en público, y de ahí la idea de ‘ocultos’. En el Concilio de Cartago, en 397 E.C., se propuso que siete de los libros apócrifos fueran añadidos a las Escrituras Hebreas, junto con añadiduras a los libros canónicos de Ester y Daniel. Con todo, no fue sino hasta mucho tiempo después, en 1546, en el Concilio de Trento, cuando la Iglesia Católica Romana confirmó definitivamente la aceptación de estas añadiduras en su catálogo de libros bíblicos. Estas añadiduras fueron: Tobías, Judit, unas añadiduras a Ester, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc, tres añadiduras a Daniel, Primero de Macabeos y Segundo de Macabeos.
14 Aunque no hay ninguna razón para considerar como libro inspirado el de Primero de Macabeos, este contiene información que es de interés histórico. Suministra un relato de la lucha de los judíos por la independencia durante el siglo II a.E.C. bajo el liderato de la familia sacerdotal de los Macabeos. Los demás libros apócrifos están llenos de mitos y supersticiones y contienen muchísimos errores. Ni Jesús ni los escritores de las Escrituras Griegas Cristianas los mencionaron ni citaron alguna vez.
15 El historiador judío Flavio Josefo, del siglo primero de la era común, en su libro Contra Apión (Libro I, cap. 8, secciones 38-41), hace referencia a todos los libros que los hebreos reconocían como sagrados. Escribió: “No existe entre nosotros un sinnúmero de libros en desacuerdo y en contradicción, sino solamente veintidós [el equivalente de nuestros 39 libros de hoy, como se muestra en el párrafo 11] que contienen los anales de todos los tiempos y se granjean un justo crédito. Son estos, en primer lugar, los libros de Moisés, en número de cinco, que comprenden las leyes y la tradición desde la creación de los hombres hasta su propia muerte. [...] Desde la muerte de Moisés hasta Artajerjes, sucesor de Jerjes en el trono de Persia, los profetas que siguieron a Moisés contaron la historia de su tiempo en trece libros. Los cuatro últimos contienen himnos dirigidos a Dios y preceptos morales para los hombres”. Así Josefo muestra que el canon de las Escrituras Hebreas se había fijado mucho antes del primer siglo de la era común.
16 El escriturario Jerónimo, quien completó la traducción Vulgata latina de la Biblia alrededor de 405 E.C., se expresó muy claramente en cuanto a lo que opinaba de los libros apócrifos. Después de dar la lista de los libros inspirados, contándolos como lo había hecho Josefo, de modo que los 39 libros inspirados de las Escrituras Hebreas aparezcan como 22, escribe en su prólogo de los libros de Samuel y Reyes en la Vulgata: “Así que hay veintidós libros [...] Este prólogo de las Escrituras nos fortalece en nuestra manera de tratar con todos los libros que traducimos del hebreo al latín; para que sepamos que lo que exceda de estos tiene que ponerse entre los apócrifos”.